El oso, un vecino más

 


Siempre recordaré cuando, de niño allá por la década de los 80, salíamos al monte mis amigos y yo a intentar ver algo de lo que veíamos en la pantalla de televisión en los programas de El Hombre y la Tierra. Alguien dijo que la vida se hace en los primeros 10 años de la vida. José Sacristán también dijo "privilegio es ser fiel al niño que fui"... 

Compartíamos la afición por estar en el monte investigando las aves que estaban a nuestro alcance, los nidos, hacíamos refugios o escondites para avistar al azor o al ratonero cerca de su nido... y hoy, sabiendo que vivíamos en el último reducto del oso pardo de España por entonces, ni se nos pasaba por la cabeza poder ver ni siquiera una huella de oso pardo. Para nosotros, que lo veíamos en los programas de televisión de Félix, era un animal mítico, como un fantasma que debía esconderse en lo más secreto de los grandes bosques, pues sabíamos que era víctima del furtivismo, del veneno y del odio de mucha gente del medio rural.


Todo comenzó a cambiar en 1989, con la recogida de las osas Paca y Tola de manos de los furtivos. Al menos 3 personas fueron a juicio y por un breve espacio de tiempo a la cárcel. Era la primera vez que veíamos en Asturias que alguien iba preso por atentar contra la fauna. Y la gente se empezó a preguntar por qué se mataban los osos si no causaban a penas daños en el medio rural ni en la ganadería. Había pocos, quizá unos 80. Los colmenares estaban siempre bien protegidos, incluso cientos de años antes como atestiguan los numerosos cortines que hay repartidos por el suroccidente asturiano.

La osa "Molinera" en el cercado de Paca y Tola

Sin duda, los extensos montes y bosques asturianos de Cangas del Narcea, Degaña y Somiedo fueron el cogollo del oso pardo en España, donde quedaron suficientes hembras reproductoras para ir, poco a poco, año tras año, aportando oseznos en un ambiente donde se empezaba a cambiar la escopeta por los prismáticos. También comenzó a cambiar la conducta de estos osos cantábricos, acantonados en lo más inaccesible de la Cordillera Cantábrica occidental y empezaron a bajar a los valles, a lugares más humanizados, con más intensidad a partir de los años 2.000. 

Oso macho, gordo como una peonza, se dispone a pasar el invierno.

De aquellos 80 osos pronto se superó la barrera de los 100, con una veintena de osas reproductoras en este núcleo occidental. Numerosísimas fueron las charlas y actividades de educación ambiental llevadas a cabo por toda Asturias y, al menos que yo sepa y en las que participé y organicé, en el Suroccidente asturiano durante las décadas de los 80 y 90 con mayor intensidad. El oso estaba convirtiéndose, quizá por primera vez desde que comenzara su convivencia con el hombre hace milenios, en una especie clave, que garantizaba con su presencia el buen estado de conservación de los ecosistemas y en un animal no temido por la población local, que iba permitiendo su presencia cercana pues al ser mayoritariamente vegetariano, a penas causaba daños considerables o ruinosos en las economías rurales. Se comenzaron a pagar los daños bien y pronto y la población osera comenzó a aumentar entrada la década del nuevo siglo.


Surgieron los parques naturales por toda la Cordillera Cantábrica, excepto en el concejo de Aller, y a la protección del oso se sumó una mayor conservación de su hábitat. Atrás iba quedando el sólo saber del plantígrado por alguna que otra huella que se veía en los caminos. Ahora ya se empezaba a ver alguno en la ladera de enfrente o algún encuentro con personas que iban a las castañas o que paseaban en solitario por el monte, con la huida del oso como respuesta a la visión cercana de un humano. Los árboles frutales de cerca de los pueblos comenzaban a mostrar las hojas marrones y ramas rotas como consecuencia de haberse subido en ellos los osos a comer manzanas, peras, higos, ciruelas, nisos o cerezas. Pero, en lugar de la escopeta, la gente los esperaba al día siguiente con la cámara de fotos. Un gran cambio se había producido en poco más de 15 años de coexistencia milenaria con el oso pardo.

Oso subido a un cerezo en Cangas del Narcea

Y, así, entrada la década del 2010 era ya relativamente frecuente encontrarse con las huellas e indicios del oso a la salida de las aldeas de montaña o de los fondos de valle, los encuentros con las personas y una nueva normalidad empezó a forjarse entre hombres y osos en este sector occidental de su población. Agentes sociales de otras zonas potencialmente oseras como los Pirineos o Galicia comenzaron a visitarnos para comprobar "in situ" la coexistencia de este nuevo vecino con las actividades tradicionales del medio rural.



Es cierto que se siguió utilizando el veneno, especialmente para los lobos, y que alguno disparaba o furtiveaba aún en años recientes por áreas oseras. Es cierto que en Pirineos y en Fuentes Carrionas se disparó a alguna osa. También es cierto que en algunos sectores o más bien, algunas personas de ciertos sectores se quejan por los muchos daños del oso en frutales o algunos incidentes con el ganado. También es verdad que con demasiada frecuencia se hace de la anécdota la generalidad. Sin embargo, los más de 300 osos de hoy en la Cordillera Cantábrica gozan de una vida que no la tuvieron sus antepasados. Comida y despensa en los pueblos, en los fondos de valle. Se pasean entre las casas incluso de día. Los juveniles y a veces las osas con crías parecen gustarles los entornos humanos, la proximidad de carreteras o de aldeas para pasar la primavera; lugares donde no se acercaría tanto un gran oso macho que pudiera matar a las crías. Y, mientras tanto, su población se expande hacia territorios que ya ocupaba hace muchos años y que había perdido población en ellos.

Una osa con la cría del año en el parque natural de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias

Y, así, estos osos "humanizados" intentan continuar expandiéndose por nuevos territorios, cruzándose con el hombre en algunos caminos, ante un futuro incierto porque nunca, que sepamos, tantos osos habían convivido tan cerca, como vecinos, del hombre, en un medio natural, eso si, que les provee de comida durante todo el año. ¿Seremos capaces los seres humanos de dejarles seguir viviendo tranquilos como en estas últimas décadas? ¿Seremos capaces de gestionar la caza, la ganadería extensiva, las actividades forestales y otras en consonancia con la conservación de la especie? ¿Podrá el egoísmo humano poner en peligro no tanto la especie en sí, si no algunos ejemplares, dando un paso atrás en la coexistencia con este animal?. Es posible que un futuro incierto, impensable en la década de los 80 y 90, le pueda esperar a esta floreciente especie, auténtico símbolo de la calidad de los ecosistemas y de la conservación de la naturaleza.


Nota.- Se que algunos no estarán de acuerdo con lo expuesto, pero nunca la anécdota o el comentar lo que otros dijeron si haberlo vivido personalmente podrá poner en duda la generalidad de una vida de más de 30 años con los osos cantábricos.

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